jueves 21 de octubre de 2010
domingo 10 de octubre de 2010
sábado 2 de octubre de 2010
Botiquín para el alma. Rap-Folk en vena.
jueves 30 de septiembre de 2010
Apuntes de un hombre solo. Alas camufladas
Que yo sepa, por mi vida se han cruzado dos de esos ángeles de incógnito. Claro que te das cuenta de quiénes son, un tiempo después de haber aparecido en tu trayecto vital. No es algo repentino. Pero yo estoy convencido de que lo son. Seguro. ¿Por qué?
Los ángeles están para orientar, respirar, pensar, elegir y para hacerte creer que es posible. Te dan pistas, miguitas de pan que tú, sin darte cuenta, recoges como un animalito desorientado.
Otra característica de estas personas es que estar a su lado sienta bien. Son buenos para la salud. No hacen nada extraordinario, no son especialmente cariñosos, o atentos, no se deshacen en elogios pero cuando están uno se siente bien. Así de sencillo. Y eso no pasa a menudo.
En fin, que pueden ser ‘solo’ buenas personas pero tiene que haber algo más. Ojalá tengan la suerte que he tenido yo. La próxima vez que aparezca uno en mi vida prometo mirarle la espalda. Al fin y al cabo las alas se puede camuflar durante un rato, pero, ¿para siempre?. Estaré atento.
jueves 29 de abril de 2010
Apuntes de un hombre solo. ¡Viven!
No lo podía creer. Estaba comiendo, dejé los cubiertos en el plato, me levanté de la mesa y comencé a deambular por la casa con la mirada hacia dentro, como los gatos cuando duermen, e intenté mantener frescos esos últimos recuerdos que guardaba de ellas en mi cabeza.
Mientras, no paraba de preguntarme: ¿Cómo habría ocurrido?, ¿Habrían desaparecido todas entre nevadas y tormentas?, ¿Sería posible?, ¿Cómo podría vivir yo sin verlas de nuevo por la calle, tan ligeras, tan sutiles, tan volubles?, ¿Nadie ha dicho nada?, ¿Nadie se ha rebelado?, ¿Tan insignificantes son? ¿Tan mediocres somos?...
Un alud de preguntas me invadieron mientras el invierno, grande y blanco, se iba retirando poco a poco a su guarida. Ni siquiera advertí, aturdido, que un sol joven y picón buscaba un sitio acogedor entre lluvia y nubes.
Pero un día ocurrió. Estaba paseando por una gran avenida de la ciudad pensando en su ausencia cuando creí oír ese sonido tan característico que tienen. Al principio creí que era fruto de mi paranoia pero cuando otro claqueteo rítmico y susurrante sonó detrás de mí, supe que no podía ser una invención, supe que ese contertulio estúpido se había equivocado. Me paré en seco.
Esperé a que el sonido que hacía más de un año que no surgía pasara a mi lado y las vi. Por fin las vi. Las sandalias. Sutiles, simples, con una tira de cuero y una suela sin tacón. Nada más. Y entre ellas, los pies pequeños, aún blancos de una mujer relajada, que paseaba con la conciencia de que lo peor ya ha pasado, de que los días alargan y de que siempre hay tiempo para llegar.
Fue un mal sueño. Las sandalias viven. Se han desprendido de toneladas de ropa que las ahogaban en el fondo de los armarios y han vuelto a aparecer. Y si ellas viven, la Primavera es más primavera y el Verano sabe más a verano. Y yo estoy más tranquilo y sonrío cada vez que las veo pasar, despreocupadas y ligeras. Vivan las sandalias!
martes 27 de abril de 2010
Apuntes de un hombre solo. Amor S.A.
“Deja que diga que tú y yo pareja somos,
aunque mi amor y el tuyo, uno y sin partijas:
así esas tachas que recaen sobre mis lomos
serán sin obra tuya de mí solo hijas.”
Soneto XXXVI. W. Shakespeare
Hace más de un año que decidí, o decidieron, que esta parte del camino la iba a recorrer solo. Estar pendiente nada más, y nada menos, que del horizonte me ha hecho coger perspectiva sobre el Amor y sus trabajos. Tanto aquella labor que yo desempeñé durante años convencido de jubilarme en ese puesto, como los empleos que Cupido ha ido designando a las personas que tengo a mi lado.
Repaso, reviso y ordeno todo lo vivido y me pregunto: ¿Cómo he podido hacer yo esas cosas?, ¿Quién le mandaría a él meterse en esos jardines?, ¿Por qué se complica así la vida si ni siquiera es cosa suya?...Y siempre llego a la misma respuesta: El Amor. O si lo prefieren: el amor. Así, en minúscula. Porque la mayoría de cosas que hacemos por amor, son tremendamente simples, sencillas, insignificantes y jamás pasarán a la historia de ese Amor que cantaban los juglares o las solistas de
Sin embargo, llenan nuestra vida y se convierten en imprescindibles justo en el momento en que hay que hacerlas. No se hacen porque se debe, se necesita o conviene hacerlas…se hacen porque se siente que hay que hacerlas. Así de fácil. Y eso las convierte en únicas para quien las hace.
Cuenta mi madre que, de acordarme, la primera imagen que tendría de mi padre sería la de lechero. Tampoco es cuestión de abundar mucho en el tema pero el caso es que un servidor nació después de los dolores, como diría el clásico, pero antes de tiempo. Y para terminar la cocción me tuvieron en una incubadora durante doce días que a mi madre se le hicieron eternos (estoy seguro que han habido días que hubiera alargado esa estancia con gusto). Ella en casa, yo en el hospital y por el camino, mi padre. Los médicos le habían dicho a mi madre que siempre era mejor dar al bebé, en ese caso era yo aunque cueste imaginarlo, la leche materna que la preparada pero que dada la distancia y las dificultades probarían con la segunda. Mi madre y su síndrome de Nido Vacío no podían permitirlo. Así que el hospital le proporcionó un artefacto monstruoso llamado ‘sacaleches’ y todas y cada una de esas doce mañanas, muy temprano, mi padre se pasaba por el hospital para dejarme a la vera de la incubadora la leche necesaria para las tomas del día. Ignoro si se ponía gorra de plato y chaqueta blanca pero casi dos semanas después salí del hospital lustroso y llorón. Vamos, como ahora.
Un acto de amor de mis padres hacia mí, sencillo, simple y que nunca se lo pensaron dos veces. No le dieron más vueltas. Hay días en los que me gusta imaginar a mi padre, en el coche, con la preciada mercancía en el asiento de al lado, conduciendo con cuidado para que no se derramara ni una gota.
Los míos, mis trabajos de amor, digo, no son tan poéticos aunque sí igual de simples y movidos por la misma noria. Durante nueve años, a uno le da tiempo a trufar sus días de trabajitos o ‘chapuzas’ de amor.
Yo he fregado suelos, cortado barras de pan antes de meterlas al horno, me he levantado a las dos de la mañana de un domingo para dar parte de un robo en una tienda, he hecho inventarios de pasteles y teléfonos móviles, he montado muebles, puesto rodapiés y un cartel de Salida de Emergencia justo encima de la entrada principal. También me ha dado tiempo a hacer cientos de kilómetros para limpiar una tienda de arriba a abajo, llevar los ingresos de varios meses al banco, atender a varios clientes sin tener ni idea de lo que es un ‘imey’ o si tiene cámara el último modelo de Sony Ericsson, y claro que la esperaba todos los días a la salida con el motor en marcha. Y por supuesto que no soy un héroe.
He hecho estas cosas que, miradas así, como por encima del hombro, no suenan a mucho, pero eso es lo que tiene el amor y sus trabajos. Y lo más gracioso de todo es que volvería a hacerlo sin pestañear y me sentiría bien, a gusto, en paz.
Tengo un amigo que me dice que él no entiende cómo yo he sido capaz de hacer esas cosas: “Si tu pareja no puede asumir un trabajo pues que no lo haga”. Y yo pienso: “Qué poco ha entendido este hombre de todo lo que le he contado”. Y le respondo: “El amor y su trabajo es lo que tiene”. Y me responde: “Pues yo no lo haría”. Y yo sonrío y cambio de conversación.
Incluso, si me apuran, saber poner fin al trabajo amoroso a pesar de los trienios acumulados es, casi siempre, otro valiente acto de amor, el último de todos ellos, que cuesta mucho trabajo llevar a cabo y que, sin embargo, casi nunca está bien valorado. Saber utilizar la sinceridad y la lealtad usada en esos pequeños remates diarios para dar por finiquitada la relación debe ser valorado, aunque es difícil hacerlo cuando te están dejando.
Ahora que Cupido me ha despedido de manera improcedente y tengo tiempo suficiente para revisar mi CV, estoy harto de tomar perspectiva y deseando que aparezca una persona llena de problemas para zambullirme en ellos, ponerme el buzo de trabajo y comenzar a complicarme la vida un poco más en una nueva empresa.
lunes 12 de abril de 2010
Botiquín para el alma. Entrar en un musical.
Poco más hay que añadir a semejante monumento al cine musical, a la infancia y a la increíble expresividad y flexibilidad de Mr. Astaire. Ojalá, cada vez que las cosas se nos tuercen podamos entrar en una tienda como ésta y protagonizar un musical, aunque sea por un instante. Abrazos de claqué. Jöel.

